El Espíritu Santo Es Un Regalo De Dios

El Espíritu Santo es un don de Dios, Simón pensó que el poder de Dios podía adquirirse con dinero, pero Pedro le mostró que los dones de Dios no tienen precio. Todo lo que recibimos de Dios procede de Su gracia. Dios mira el corazón. 

Aunque Simón había creído y se había bautizado, Pedro identificó que todavía había actitudes equivocadas en su interior. Dios no solo observa nuestras acciones, sino también nuestras motivaciones. El poder de Dios no es para la exaltación personal, Simón deseaba el poder para hacer lo que veía en los apóstoles, pero no entendía que el propósito del Espíritu Santo es glorificar a Cristo y transformar vidas.

La comunión con el Espíritu Santo debe cultivarse. El Espíritu Santo habita en los creyentes y desea una relación cercana con nosotros, la oración, la lectura de la Palabra y la obediencia fortalecen nuestra comunión con Él. Muchas veces podemos admirar los milagros, los dones o las manifestaciones de Dios, pero el mayor regalo no es el poder, sino la presencia misma del Espíritu Santo viviendo en nosotros. Así como Pedro exhortó a Simón a examinar su corazón, nosotros también debemos acercarnos a Dios con humildad, agradeciendo el privilegio de ser templos de Su Espíritu y buscando una relación sincera con Él cada día.

«El Espíritu Santo no es algo que se compra, sino un regalo que Dios concede por gracia a quienes creen en Jesucristo.”

Oración:
Padre Celestial, te doy gracias por el regalo tan precioso y especial que enviaste a habitar en mi, gracias por tu gracia que no merezco, Jesús, aún sabiendo que soy pecador, frágil, débil, soy barro, a ti te plació que tu Espíritu habitara en mi para que a través de Él se hagan manifestaciones poderosas en tu nombre, guarda mi corazón y ayúdame a no poner mi mirada en tu poder para exaltación personal, sino, a amar, cuidar y valorar tu presencia. Espíritu Santo, quiero cultivar esa comunión contigo y no contristarte con mis acciones, te amo y te necesito todos los días de mi vida. Amén y amén.

Por María J.