Cambia El Enfoque

Hay algo muy humano en querer sentirnos vistos. Nos gusta ser reconocidos, valorados, sentir que ocupamos un lugar importante. A veces ni siquiera se trata de orgullo evidente; simplemente queremos saber que importamos. Mientras leía este versículo, entendí que Dios no hablaba de acciones, sino del enfoque, inmediatamente imaginé la escena: Juan el Bautista había tenido un ministerio influyente. Mucha gente venía a escucharlo, a bautizarse, a seguir su mensaje. Era conocido, respetado y claramente tenía un impacto importante. Pero de repente empieza a ocurrir algo: la atención comienza a moverse hacia Jesús.

Los discípulos de Juan lo notan rápido y, en cierta forma, parecen preocupados. Le dicen: Rabí, el hombre que conociste del otro lado del río Jordán, aquel de quien hablaste a la gente, también está bautizando, ¡y todos van hacia él en lugar de venir a nosotros!” Juan 3:26 (NTV). Puedo imaginar fácilmente la tensión de ese momento. Era como decir: “Mirá Juan, estás perdiendo relevancia.” Y aquí aparece una respuesta genuina y agradecida del corazón de Juan. Él no compite. No se compara. No intenta retener a la gente. Al contrario, responde con una claridad impresionante, enfocado en el propósito por el cual había sido llamado: entiende que su asignación nunca fue ocupar el centro. En lugar de mirar lo que está “perdiendo”, mira lo que realmente está ocurriendo: Jesús está ocupando el lugar que siempre le ha pertenecido. Él dice: Es el novio quien se casa con la novia, y el amigo del novio simplemente se alegra de poder estar al lado del novio y oír sus votos. Por lo tanto, oír que él tiene éxito me llena de alegría.  Él debe tener cada vez más importancia y yo, menos.” Juan 3:29-30 NTV

Juan entendió algo que muchas veces nos cuesta aceptar: el propósito de nuestra vida no es que otros nos miren más a nosotros, sino que a través de nosotros puedan ver más a Cristo. Y esto me lleva a reflexionar. Porque incluso dentro de nuestra vida espiritual podemos ver y caer en una búsqueda silenciosa de protagonismo. Queremos servir, sí… pero también ser reconocidos. Obedecer… pero que se note. Queremos hacer lo correcto… pero sin desaparecer demasiado e incluso nos dejamos llevar por las voces que nos rodean incitando provocaciones en contra de otros. Sin embargo, el evangelio constantemente nos lleva en otra dirección: menos ego, menos autosuficiencia, dejando a un lado la necesidad de aprobación… y permitiendo más espacio para Cristo. ¿Qué áreas de mi vida todavía quiero controlar o usar para mi propia gloria?

Quizá relaciones, talentos, quizá mi ministerio, o tal vez decisiones que todavía giran demasiado alrededor de mí. Juan nos enseña que madurez espiritual también es aprender a menguar a nosotros mismos. Eso no significa perder identidad; significa entender dónde realmente está nuestra identidad. No somos el centro de la historia. Jesús lo es; porque cuando dejamos de mirarnos tanto a nosotros mismos, comenzamos a ver con claridad a Cristo. La Biblia también nos lo dice en Colosenses 1:18 NTV: Cristo es también la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo. Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos. Así que él es el primero en todo.”

Oración:
Señor, hoy presento delante de ti las veces que he querido ocupar lugares que solo te corresponden a Ti. Enséñame a vivir como lo hizo Juan: menguando a mí mismo, con humildad, seguridad y claridad de propósito por el cual me has llamado. Que mi vida no apunte hacia mí, sino hacia Ti. Deseo que Tú crezcas en cada área de mi corazón: en mis pensamientos, decisiones… Que cada día sea Tu presencia gobernando mi vida. Amén.

Por Nadia M.