Una Preocupación Ardiente
Una Preocupación Ardiente
“Pablo contestó: —Sea en poco tiempo o en mucho, le pido a Dios en oración que tanto usted como todos los presentes en este lugar lleguen a ser como yo, excepto por estas cadenas.”
Hechos 26.29, NTV.
Si leemos todo el capítulo, podemos comprender con mayor claridad cuál era el verdadero corazón de Pablo. Él no estaba interesado simplemente en ganar una discusión ni en demostrar cuánto sabía de las Escrituras. Su mayor deseo era que aquellos que estaban frente a él pudieran conocer a Cristo.
Pablo había sido un perseguidor de la iglesia. En otro tiempo actuó desde la ignorancia y estaba convencido de que hacía lo correcto. Sin embargo, después de encontrarse con Jesús, su vida cambió completamente. Ahora estaba frente a gobernadores y autoridades, algunos de los cuales probablemente lo consideraban un hombre fuera de sí, pero Pablo tenía una convicción que ardía dentro de él. Había conocido a Cristo y quería que otros también lo conocieran.
Lo impresionante es que Pablo nunca desaprovechaba una oportunidad para hablar del evangelio. No importaba quién estuviera delante de él, si era una persona humilde o un gobernante, si lo escuchaba con interés o con burla. Siempre encontraba la manera de presentar a Jesús. Esto nos lleva a una pregunta importante. ¿Qué tanto nos importa que otras personas conozcan a Cristo?
La salvación no puede convertirse en un tesoro que guardemos exclusivamente para nosotros. Si realmente hemos experimentado la gracia de Dios, debería existir en nuestro corazón un deseo genuino de que otros también puedan experimentarla. Pablo entendía que había recibido una responsabilidad. Posteriormente lo expresó de esta manera: “Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Y Dios nos ha dado la tarea de reconciliar a la gente con él«. (2 Corintios 5:18. NTV)
La reconciliación con Dios no era solamente una experiencia personal para Pablo, sino también una misión. Él había recibido gratuitamente y, por eso, entendía que debía compartirlo con otros. Su vida es un ejemplo de esto. Pablo no necesitaba que las circunstancias fueran perfectas para hablar de Jesús. Podía estar encarcelado, siendo juzgado o enfrentando oposición y aun así veía una oportunidad para anunciar el evangelio.
También nosotros estamos rodeados de personas que necesitan escuchar acerca de Cristo. Quizás algunas nunca entren a una iglesia, nunca lean una Biblia o nunca busquen voluntariamente conocer de Dios. Sin embargo, pueden encontrarse con un creyente que esté dispuesto a hablarles, escucharlas y mostrarles mediante su propia vida el amor de Jesús.
Acerca de este acontecimiento, un comentario de la Biblia Diario Vivir señaló: “Agripa respondió a la exposición de Pablo con una observación sarcástica. Pablo no reaccionó al ataque, pero hizo una apelación personal a la que esperaba responderían sus oyentes. La respuesta de Pablo es un buen ejemplo para nosotros cuando presentamos el plan de salvación de Dios. Una apelación personal sincera, o un testimonio personal, pueden mostrar la profundidad de nuestra preocupación y romper el corazón más duro”.
Pablo nos enseña que evangelizar no consiste únicamente en transmitir información. Existe una preocupación genuina por las personas. Cuando realmente deseamos que alguien conozca a Jesús, nuestras palabras dejan de ser simplemente un discurso y se convierten en una expresión de amor. Quizás algunos rechacen el mensaje, otros se burlen y algunos incluso nos consideren exagerados. Pero nuestra responsabilidad no es controlar la respuesta de las personas, sino ser fieles al mensaje que hemos recibido.
Que podamos llegar al punto de decir, como Pablo, que nuestro mayor deseo es que otros también conozcan a Cristo. Que nuestra oración no sea únicamente por nuestras propias necesidades, sino también por aquellos que todavía no han experimentado su gracia.
Oración:
Por Greivin P.
Amado Dios, gracias por habernos permitido conocer a Jesucristo y experimentar el regalo de la salvación. Pon en nosotros el mismo deseo que había en el corazón de Pablo, un deseo profundo de que otras personas también puedan conocerte.


