El Pecado Que Mora en Mí
El Pecado Que Mora en Mí
“pero hay una gran diferencia entre el pecado de Adán y el regalo del favor inmerecido de Dios. Pues el pecado de un solo hombre, Adán, trajo muerte a muchos; pero aún más grande es la gracia maravillosa de Dios y el regalo de su perdón para muchos por medio de otro hombre, Jesucristo”.
Romanos 7.18-20, RVR1960
Muchas veces nos decimos a nosotros mismos: “No voy a hacer aquello porque no es correcto” o “No haré tal cosa porque está mal”. Sin embargo, al final terminamos haciendo precisamente lo que no queríamos hacer. La Biblia nos ayuda a entender por qué sucede esto.
Por nuestra naturaleza humana, nos inclinamos al pecado. Es el pecado que mora en nosotros el que nos impulsa a hacer aquello que desagrada a Dios. Muchas personas luchan por no dañar a los demás ni hacerse daño a sí mismas, pero descubren que les resulta difícil controlar ciertos pensamientos, deseos o acciones.
La naturaleza pecaminosa produce dolor, sufrimiento y muerte espiritual. Entre sus manifestaciones encontramos la venganza, el odio, las contiendas, los pleitos, los vicios y la inmoralidad sexual, entre muchas otras conductas que afectan nuestra relación con Dios y con quienes nos rodean.
Ningún ser humano puede vencer por sí mismo esa naturaleza pecaminosa. Solamente Cristo tiene el poder para transformar el corazón y controlar esos deseos e impulsos por medio de su Espíritu Santo. Cuando una persona decide entregar su vida a Jesucristo, el Espíritu Santo viene a morar en ella y comienza una obra de transformación interior. Aquello que parecía imposible de abandonar empieza a perder fuerza, porque es el Espíritu de Dios quien obra en nuestro interior. Comenzamos a hacer lo correcto, cambia nuestra manera de pensar y aprendemos a vivir guiados por el Espíritu y no por los deseos de la carne.
A partir de ese momento comienza la muerte del yo, y Cristo empieza a reflejarse en nuestra vida cada día más. Entonces podemos decir con convicción las palabras de Gálatas 2:20: “Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.”
Oración:
Por María J.
Amado Padre, en este momento reconozco que el pecado mora en mí. Te pido, Señor, que me ayudes a no dejarme controlar por mi naturaleza pecaminosa. Necesito ser guiado y fortalecido por tu Espíritu Santo. Hoy tomo la decisión de morir al yo para que Cristo crezca en mí y su voluntad se cumpla en mi vida. En el nombre de Jesús. Amén.
